Hola Fuji X-H1. Adiós Fuji X-Pro2

Leyendo el título del artículo no creo que haya dudas sobre de qué va el tema hoy.


Hace ya tiempo que di el paso de cambiarme de sistema, pasar del sistema réflex al sin espejismo. ¿Moda?, si parece que está de moda que todas las marcas lancen sus modelos sin espejo al mercado, compitiendo por ser la mejor opción. Pero, tengamos en cuenta una cosa, la fotografía está en constante evolución, y hay que reconocer que la existencia de un sistema que reduzca el peso de nuestros equipos, nos aporte una buena calidad de imagen y un rendimiento acorde con nuestras necesidades nos hace pensarnos a mas de uno si merece la pena afrontar el cambio.


Y con esas, inicié la transición. Primero llegó la Fujifilm X-Pro2 que me sirvió para hacerme al sistema, luego vino la X-T2 cuando ya me deshice definitivamente de lo que me quedaba de Canon.


Desde entonces he ido trabajando con ambas cámaras, una siempre ha venido conmigo en la bolsa para el día a día y la otra la he usado principalmente para los trabajos mas cañeros. En definitiva, las he ido combinando en función de las necesidades. En ningún caso he sentido en todo éste tiempo que las prestaciones de cualquiera de las dos cámaras me limitasen, en ningún tipo de situación. Esa sensación es una garantía.

Pero la tentación siempre llama a la puerta cuando menos se lo espera uno. Y hace no mucho llamó. Dio el primer toque cuando salió al mercado la X-H1, no sólo por las mejoras en el rendimiento, que tampoco son decisivas a la hora de marcar la diferencia con la X-T2, pero si con el tentador sistema de estabilización integrado. Eso si era para planteárselo.


Como digo, con el equipo que ya tenía no sentía la necesidad de cambiar de cámara. Pero como digo, la tentación vino fuerte. Y sabiendo que en verano es cuando suelo hacer las inversiones fuertes me lo comencé a plantear mas seriamente. Valoré, medité con la almohada, hice cuentas, y me arriesgué.


Como se dice, la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella. Así que caí vilmente en las zarpas del consumismo.

No hace ni dos semanas que la tengo y he de decir que todavía no la he puesto en marcha como se merece. La he probado si, pero no la he usado en situaciones reales. Ya le queda menos, de hecho, mientras leéis éste artículo ya la estaré usando y éste que os escribe estará de viaje.


Seguramente no me va a sorprender nada de la cámara. Conozco las prestaciones, conozco las mejoras y conozco la calidad, por tanto estoy convencido de que he acertado con la inversión incluso antes de haberle dado uso.


La nueva incorporación a la familia tiene una contra, y es que no hay hueco para tanta cámara. Con la X-H1, la X-T2 y la X-Pro2 en el bolso, por desgracia sobra una. Con todo el dolor de mi corazón, la X-Pro2 está nominada para abandonar la maleta. Busca dueño que la trate bien y le de la vida que se merece. Es una cámara a la que le tengo mucho cariño.


Pero la X-H1 no ha venido sola. Ha venido acompañada de una hermana menor de la familia. Se puede decir que ha sido un capricho, ¡pero qué capricho!


La X-100F se ha sumado a la fiesta del despilfarro. En el poco tiempo que la tengo (el mismo que la X-H1), ya se ha hecho unos cientos de kilómetros. Es una gozada fotografiar con ella. Pequeña, bonita, te obliga a asomarte a la fotografía con otro punto de vista. De focal fija, equivalente a un 35mm, discreta, ligera y con la misma calidad de imagen que todas las otras cámaras que tengo. Da igual qué cámara use para fotografiar, la calidad siempre es la misma.


Viva el capitalismo fotográfico.



© 2020   SANTIAGO MOLINA

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